domingo, 30 de julio de 2017

HISTORIAS E HSTERIAS: CAPITULO VI

CAPITULO VI: 
NO ME ROBES CON TOMATE, ROBAME CON BACALAO.

La inaguración fue como esperaba, ni más ni menos y es que, a veces menos es más.
Alba, su marido, las niñas y el niño; mi nueva amiga y su marido Rodrigo, un vecino de al lado del Hotel que es hermano del marido de Alba y poco más por parte del pueblo. Los bandos imperan por estas tierras.
El resto, mi sempiterna panda de Madrid que para darme una sorpresa se presentaron todos en un microbus de esos de la época hippy. En el brindis nadie se dio cuenta que puse una copa de más, una copa que nadie bebió pero que era en honor a esa persona que faltaba.
Ella desde estuviera, estuvo allí. La olí por cada rincón del Hotel, y me diréis que estoy loco pero en algún momento hasta me habló y me dijo que lo había hecho bien.

En ese brindis reconozco que se saltaron algunas lágrimas y los que me conocen me miraron y sonrieron porque eran consciente que la pasión que yo tenía por mi madre no era mortal, era inmortal. Me juré que la mataría, pero era inevitable que una vez por semana la resucitara y entonces la sentía sentada a mi vera o incluso, como antaño, sentada a los pies de mi cama, mientras yo fumaba y ella perjuraba por las troperías de mis hermanos.
En muchos rincones se guardaban muchos recuerdos de ella. Esa vajilla de su ajuar, esos tapetes que ella misma hizo con sus manos o esa parte de la cristalería que yo fui intentando guardar en cada una de las mudanzas que mis riñones soportaron.
La copa con la que se supone que ella brindó, me la bebí al final.
La lavé y la puse en el mueble que presidía el restaurante.
Por otro lado, el Hotel fue recibiendo a los primeros visitantes. Y como en un lugar pequeño, se corre enseguida la voz, yo fui recibiendo a los primeros visitantes inesperados.
Al poco de la inaguración me visitó alguien que se identificó como alcalde de un pueblo cercano. En un principio, pensé en el honor que me hacía que un excelentísimo visitara mi casa, pero claro el excelentísimo venía con otras intenciones.
Después de presentarse me entregó su tarjeta que ponía:

AMADEO PEREZ RUIZ
Alcalde y Jefe de Ventas de Embutidos CHORRO

Vamos que para que nos entendiéramos; el alcalde, a parte de ser alcalde, vendía chorizos, pero lo raro es que para vender chorizos tuviera que presentarse como alcalde; o fue viceversa. Yo me pregunté que si me quería sorprender con eso de ser alcalde, o en realidad, utilizaba su cargo para vender los chorizos. Y prueba de ello es que me dejo sus chorizos para que los probara.
Cuando se despidió la verdad es que no sabía si despedirme con un simple adios o usar la despedida reverencia que un día mi madre utilizó.
Contra es que no os he contado esa anécdota, ''la anécdota de la reverencia de la señora Isabel''.
Corría el año 92, el de las Olimpiadas y la Expo, y yo trabajaba en una compañía de seguros francesa allá en Alicante. Como era el Director de Zona, el Consulado tuvo a bien invitarme a la fiesta del 7 de julio. Recibí una invitación muy solemne para que acudiera a un sitio en Alicante que lo regentaban unos frances de pedigré y en la misma acotaba que tenía que ir con acompañante.
Como en aquella época, ni tenía acompañante, ni perrito que me ladrara, decidí llevarme a mi madre, la Señora Isabel. Lo primero que me preguntó cuando se lo dije fue que qué se ponía; y yo la dije, que con culaquier trapito iba mona. Ella me respondió eso de que me fuera a freir esparrágos. Bueno exactamente no fue eso lo que decía, pero lo voy a omitir por no herir la sensibilidad de los lectores.
La fiesta recuerdo que se celebraba un sábado y tuve toda la semana de sobredosis de Sra. Isabel.
Un día se iba a poner una cosa que le dejaba mi hermana y a las dos horas, se ponía el vestido morado. Al día siguiente, se pondría la falda roja, y a las dos horas se pondría el vestido morado.
El viernes, como ya estaba yo en un estado de ansiedad más que considerable, la dije que se pusiera lo que pusiera que no me lo dijera; y que al final, o se tranquilizaba o iba a cantar la Marsellesa en casa solita.
Hasta el sábado por la tarde, Isabel fue una tumba ni habló ni respiró; sólo hasta las 20:00 h del día D que me llamó para decirme eso de que ya estaba vestida y que subiera a recogerla..... la colgué en el momento que intentó explicarme lo que se había puesto. Ya sabía lo que iba a llevar porque su estilista, es decir, mi hermana ya me había contado el modelito que llevaría y, sin duda, Isabel iba a ir guapísisma y muy española. Por si es de interés, yo recuerdo que me puse un traje de lino marroncito con una camisa color crema algo transparente que insinuaba mi pecho lobo. 
Y cuando llegúe a la puerta de casa, allí estaba la Isa, espectacular como siempre y no porque fuera mi madre, pero la jodía, era guapetona.
Vestía falda de tubo de lamé color gris perla tornasolada, con camisa estilo ''Yo no he perdido la esperanza'' color blanco con transparencias y que le hacían resaltar su más que considerable escote. Las mujeres de mi familia eran y son generosas en escotes. Todo se envolvía con un mantón de Manila, zapato de tacón gris, bolso de concha y pendientes y sútil gargantilla de aguamarina azul. Vamos si Julio Romero de Torres hubiera estado vivo, seguro que la pintaba.
Subió al coche atacada y en con una bolsa de plástico, llevaba un spray de esos de Laca Nelly que era la laca que todo lo pegaba. Se puso el cinturón, sacó su espejo y empezó la operación ''Voy a echarme laca para que no se me mueva ningún pelo''. Yo reaccioné apagando el aire acondicionado y abriendo las ventanillas porque esa laca, sin duda, era una arma de destrucción masiva.
Cuando ya sentía que se me pegaban las pestañas llegamos al restaurante donde se celebraba la Conmeración del día de las Francias. Como había mucha gente, se nos acercó el aparcacoches, apagué mi bólido y me bajé. Me acerqué a la puerta del copiloto para ayudar a salir a la Sra, Isa que todavía estaba en la operación cabello. La mama bajó y lo primero que me dijo es por qué le había dado las llaves de mi coche a ese señor. Con un ''mama no seas paleta'' la agarré de la mano y nos dirigimos a la entrada. Fueron unos escasos segundos pero ella me preguntó un millón doscientas mil veces si iba bien. Como sabía que estaba nerviosa, me paré, la besé en la frente y le puse el dedo en la boca para que cerrara el pico; harto imposible porque la Isa hablaba hasta debajo del agua.
Le expliqué a mi madre la parafernalia que venía a continuación. En la puerta estaba el secretario del Cónsul, el Cónsul y la Consorte del Cónsul; llegamos y le digo nuestros nombres al secretario del Cónsul y éste los traslada al Cónsul y la Consorte. Saludamos al Cónsul y la Consorte y para dentro.
Fácil, verdad, pues no....
Como ya les conocía cuando llegó nuestro turno, obvié al secretario que me saludó con una amplia sonrisa, saludé al Cónsul y cuando estaba dándole dos besos a la Consorte, retumbó en todo el lugar un ''Encantada'' que profirió mi madre al Cósul con una súblime reverencia. Yo me quedé gris perla tornasolado a juego con la falda de mi madre, y el Cónsul, un tipo muy ufano, quito hierro al asunto entre risas aseverando que, de repente, se había sentido como un Rey.
Agarré del brazo a mi madre, y ella entre suspiros mientras entrábamos en el recinto, me iba dicendo que qué había hecho mal porque había estado toda la semana ensayando el saludo y que lo había visto por TV. Sin comentarios, ella escuchó Cónsul y se imaginó al Rey Sol y se copió los saludos que le daba a nuestro Rey Juan Carlos en todos los actos oficiales. 
Así que para que Isabel no hiciera otra de las suyas nos colocamos en una mesa apartada y la dije que calladita y a comer gambas. La verdad que el buffet era espectacular y no faltaba de nada y como mi madre era de marisco pues estaría en su salsa.
Me aparte un momento para eso de hacer relaciones públicas pero sin apartar la mirada de la mesa e Isabel ya no chupaba ni las cabezas de las gambas, más aún yo creo que su boca desarrolló un mecanismo especial por el cual introducía la gamba entera en sus fauces y sólo salían las pieles.
A la media hora, mi madre se había zampado toda una bandeja de gambas, ella solita, vamos sin que nadie la ayudara, así que temiendo que fuera a robar alguna bandeja de las mesas de al lado, la volví a agarrar del brazo y la dije que me siguiera y que sólo sonriera. Isabel se puso en modo sonrisa, y fuimos deambulando por el sitio, sin acercarnos a ninguna mesa para que no devorara todas las existencias. Y es que los pobres nos conformamos con poco, ves unas pocas de gambas e Isabel era feliz.
A eso coincidimos con el Cónsul que se acercó a mi madre, la plantó dos besos, y la dijo que había creado una nueva forma de saludo; la reverencia al Cónsul y que parece ser que algunas otras buenas damas de la corte también lo saludaron como ella. Nos reímos y yo me consolé al pensar que no era sólo ella la paleta, en ese sitio, había más paletas que en un curadero de jamón, De los paletos, mejor ni hablar, porque alguno atisbé con calcetines y sandalias.
Y llegó el momento del himno. El momento en que sonó la Marsellesa y todos con las manos en sus corazones la cantaron. Isabel hizo lo mismo pero claro más que la mano en el corazón, ella parecía que se estaba aguantando una teta y quedaba un poco hasta porno. Y llegó el baile, y como marcaba la tradición lo abrieron el Cónsul y la Consorte, y me sentí el hombre más orgulloso del mundo cuando el Cónsul dejó a la Consorte y a la primera mujer que sacó a bailar fue a la madre que me parió. 
El secretario se me acercó para decirme que mi madre era la caña y yo, añadí que mi madre era la caña de España. Por cierto, mi madre bailó con el Consul, el secretario, uno que parece ser que la pretendía y para demostrar su cariño por la clase obrera, hasta bailó con un camarero.
Yo mientras me dí a la bebida.
Desde entonces, y todos los años, yo seguí recibiendo un sobre de invitación del Consulado que siempre pondría lo mismo; José y su madre.
Mi madre causó sensación no sólo por su espontaneidad y su belleza, sino por la reverencia y, ojo, el mantón de Manila que fue la envidia de todas las señoras de la Corte.
Al alcalde del pueblo de al lado, ese alcalde que vendía chorizos; pues como que no le hice reverencia, de hecho, decidí no comprarle los chorizos, porque o se es alcalde o se es vendedor, pero las dos cosas son incompatibles.
Pero en este país ya se sabe, hay alcaldes que venden chorizos, y hay chorizos que son alcaldes.
La semana transcurrió tranquila con mucho trabajo y cuando llegó el lunes, decidí desconectar.
Así que le dije a Alba que me tomaba el día libre y al séptimo día, bueno creo que no era el séptimo, por fin, descansé.

Continuará ...