domingo, 30 de julio de 2017

HISTORIAS E HSTERIAS: CAPITULO VI

CAPITULO VI: 
NO ME ROBES CON TOMATE, ROBAME CON BACALAO.

La inaguración fue como esperaba, ni más ni menos y es que, a veces menos es más.
Alba, su marido, las niñas y el niño; mi nueva amiga y su marido Rodrigo, un vecino de al lado del Hotel que es hermano del marido de Alba y poco más por parte del pueblo. Los bandos imperan por estas tierras.
El resto, mi sempiterna panda de Madrid que para darme una sorpresa se presentaron todos en un microbus de esos de la época hippy. En el brindis nadie se dio cuenta que puse una copa de más, una copa que nadie bebió pero que era en honor a esa persona que faltaba.
Ella desde estuviera, estuvo allí. La olí por cada rincón del Hotel, y me diréis que estoy loco pero en algún momento hasta me habló y me dijo que lo había hecho bien.

En ese brindis reconozco que se saltaron algunas lágrimas y los que me conocen me miraron y sonrieron porque eran consciente que la pasión que yo tenía por mi madre no era mortal, era inmortal. Me juré que la mataría, pero era inevitable que una vez por semana la resucitara y entonces la sentía sentada a mi vera o incluso, como antaño, sentada a los pies de mi cama, mientras yo fumaba y ella perjuraba por las troperías de mis hermanos.
En muchos rincones se guardaban muchos recuerdos de ella. Esa vajilla de su ajuar, esos tapetes que ella misma hizo con sus manos o esa parte de la cristalería que yo fui intentando guardar en cada una de las mudanzas que mis riñones soportaron.
La copa con la que se supone que ella brindó, me la bebí al final.
La lavé y la puse en el mueble que presidía el restaurante.
Por otro lado, el Hotel fue recibiendo a los primeros visitantes. Y como en un lugar pequeño, se corre enseguida la voz, yo fui recibiendo a los primeros visitantes inesperados.
Al poco de la inaguración me visitó alguien que se identificó como alcalde de un pueblo cercano. En un principio, pensé en el honor que me hacía que un excelentísimo visitara mi casa, pero claro el excelentísimo venía con otras intenciones.
Después de presentarse me entregó su tarjeta que ponía:

AMADEO PEREZ RUIZ
Alcalde y Jefe de Ventas de Embutidos CHORRO

Vamos que para que nos entendiéramos; el alcalde, a parte de ser alcalde, vendía chorizos, pero lo raro es que para vender chorizos tuviera que presentarse como alcalde; o fue viceversa. Yo me pregunté que si me quería sorprender con eso de ser alcalde, o en realidad, utilizaba su cargo para vender los chorizos. Y prueba de ello es que me dejo sus chorizos para que los probara.
Cuando se despidió la verdad es que no sabía si despedirme con un simple adios o usar la despedida reverencia que un día mi madre utilizó.
Contra es que no os he contado esa anécdota, ''la anécdota de la reverencia de la señora Isabel''.
Corría el año 92, el de las Olimpiadas y la Expo, y yo trabajaba en una compañía de seguros francesa allá en Alicante. Como era el Director de Zona, el Consulado tuvo a bien invitarme a la fiesta del 7 de julio. Recibí una invitación muy solemne para que acudiera a un sitio en Alicante que lo regentaban unos frances de pedigré y en la misma acotaba que tenía que ir con acompañante.
Como en aquella época, ni tenía acompañante, ni perrito que me ladrara, decidí llevarme a mi madre, la Señora Isabel. Lo primero que me preguntó cuando se lo dije fue que qué se ponía; y yo la dije, que con culaquier trapito iba mona. Ella me respondió eso de que me fuera a freir esparrágos. Bueno exactamente no fue eso lo que decía, pero lo voy a omitir por no herir la sensibilidad de los lectores.
La fiesta recuerdo que se celebraba un sábado y tuve toda la semana de sobredosis de Sra. Isabel.
Un día se iba a poner una cosa que le dejaba mi hermana y a las dos horas, se ponía el vestido morado. Al día siguiente, se pondría la falda roja, y a las dos horas se pondría el vestido morado.
El viernes, como ya estaba yo en un estado de ansiedad más que considerable, la dije que se pusiera lo que pusiera que no me lo dijera; y que al final, o se tranquilizaba o iba a cantar la Marsellesa en casa solita.
Hasta el sábado por la tarde, Isabel fue una tumba ni habló ni respiró; sólo hasta las 20:00 h del día D que me llamó para decirme eso de que ya estaba vestida y que subiera a recogerla..... la colgué en el momento que intentó explicarme lo que se había puesto. Ya sabía lo que iba a llevar porque su estilista, es decir, mi hermana ya me había contado el modelito que llevaría y, sin duda, Isabel iba a ir guapísisma y muy española. Por si es de interés, yo recuerdo que me puse un traje de lino marroncito con una camisa color crema algo transparente que insinuaba mi pecho lobo. 
Y cuando llegúe a la puerta de casa, allí estaba la Isa, espectacular como siempre y no porque fuera mi madre, pero la jodía, era guapetona.
Vestía falda de tubo de lamé color gris perla tornasolada, con camisa estilo ''Yo no he perdido la esperanza'' color blanco con transparencias y que le hacían resaltar su más que considerable escote. Las mujeres de mi familia eran y son generosas en escotes. Todo se envolvía con un mantón de Manila, zapato de tacón gris, bolso de concha y pendientes y sútil gargantilla de aguamarina azul. Vamos si Julio Romero de Torres hubiera estado vivo, seguro que la pintaba.
Subió al coche atacada y en con una bolsa de plástico, llevaba un spray de esos de Laca Nelly que era la laca que todo lo pegaba. Se puso el cinturón, sacó su espejo y empezó la operación ''Voy a echarme laca para que no se me mueva ningún pelo''. Yo reaccioné apagando el aire acondicionado y abriendo las ventanillas porque esa laca, sin duda, era una arma de destrucción masiva.
Cuando ya sentía que se me pegaban las pestañas llegamos al restaurante donde se celebraba la Conmeración del día de las Francias. Como había mucha gente, se nos acercó el aparcacoches, apagué mi bólido y me bajé. Me acerqué a la puerta del copiloto para ayudar a salir a la Sra, Isa que todavía estaba en la operación cabello. La mama bajó y lo primero que me dijo es por qué le había dado las llaves de mi coche a ese señor. Con un ''mama no seas paleta'' la agarré de la mano y nos dirigimos a la entrada. Fueron unos escasos segundos pero ella me preguntó un millón doscientas mil veces si iba bien. Como sabía que estaba nerviosa, me paré, la besé en la frente y le puse el dedo en la boca para que cerrara el pico; harto imposible porque la Isa hablaba hasta debajo del agua.
Le expliqué a mi madre la parafernalia que venía a continuación. En la puerta estaba el secretario del Cónsul, el Cónsul y la Consorte del Cónsul; llegamos y le digo nuestros nombres al secretario del Cónsul y éste los traslada al Cónsul y la Consorte. Saludamos al Cónsul y la Consorte y para dentro.
Fácil, verdad, pues no....
Como ya les conocía cuando llegó nuestro turno, obvié al secretario que me saludó con una amplia sonrisa, saludé al Cónsul y cuando estaba dándole dos besos a la Consorte, retumbó en todo el lugar un ''Encantada'' que profirió mi madre al Cósul con una súblime reverencia. Yo me quedé gris perla tornasolado a juego con la falda de mi madre, y el Cónsul, un tipo muy ufano, quito hierro al asunto entre risas aseverando que, de repente, se había sentido como un Rey.
Agarré del brazo a mi madre, y ella entre suspiros mientras entrábamos en el recinto, me iba dicendo que qué había hecho mal porque había estado toda la semana ensayando el saludo y que lo había visto por TV. Sin comentarios, ella escuchó Cónsul y se imaginó al Rey Sol y se copió los saludos que le daba a nuestro Rey Juan Carlos en todos los actos oficiales. 
Así que para que Isabel no hiciera otra de las suyas nos colocamos en una mesa apartada y la dije que calladita y a comer gambas. La verdad que el buffet era espectacular y no faltaba de nada y como mi madre era de marisco pues estaría en su salsa.
Me aparte un momento para eso de hacer relaciones públicas pero sin apartar la mirada de la mesa e Isabel ya no chupaba ni las cabezas de las gambas, más aún yo creo que su boca desarrolló un mecanismo especial por el cual introducía la gamba entera en sus fauces y sólo salían las pieles.
A la media hora, mi madre se había zampado toda una bandeja de gambas, ella solita, vamos sin que nadie la ayudara, así que temiendo que fuera a robar alguna bandeja de las mesas de al lado, la volví a agarrar del brazo y la dije que me siguiera y que sólo sonriera. Isabel se puso en modo sonrisa, y fuimos deambulando por el sitio, sin acercarnos a ninguna mesa para que no devorara todas las existencias. Y es que los pobres nos conformamos con poco, ves unas pocas de gambas e Isabel era feliz.
A eso coincidimos con el Cónsul que se acercó a mi madre, la plantó dos besos, y la dijo que había creado una nueva forma de saludo; la reverencia al Cónsul y que parece ser que algunas otras buenas damas de la corte también lo saludaron como ella. Nos reímos y yo me consolé al pensar que no era sólo ella la paleta, en ese sitio, había más paletas que en un curadero de jamón, De los paletos, mejor ni hablar, porque alguno atisbé con calcetines y sandalias.
Y llegó el momento del himno. El momento en que sonó la Marsellesa y todos con las manos en sus corazones la cantaron. Isabel hizo lo mismo pero claro más que la mano en el corazón, ella parecía que se estaba aguantando una teta y quedaba un poco hasta porno. Y llegó el baile, y como marcaba la tradición lo abrieron el Cónsul y la Consorte, y me sentí el hombre más orgulloso del mundo cuando el Cónsul dejó a la Consorte y a la primera mujer que sacó a bailar fue a la madre que me parió. 
El secretario se me acercó para decirme que mi madre era la caña y yo, añadí que mi madre era la caña de España. Por cierto, mi madre bailó con el Consul, el secretario, uno que parece ser que la pretendía y para demostrar su cariño por la clase obrera, hasta bailó con un camarero.
Yo mientras me dí a la bebida.
Desde entonces, y todos los años, yo seguí recibiendo un sobre de invitación del Consulado que siempre pondría lo mismo; José y su madre.
Mi madre causó sensación no sólo por su espontaneidad y su belleza, sino por la reverencia y, ojo, el mantón de Manila que fue la envidia de todas las señoras de la Corte.
Al alcalde del pueblo de al lado, ese alcalde que vendía chorizos; pues como que no le hice reverencia, de hecho, decidí no comprarle los chorizos, porque o se es alcalde o se es vendedor, pero las dos cosas son incompatibles.
Pero en este país ya se sabe, hay alcaldes que venden chorizos, y hay chorizos que son alcaldes.
La semana transcurrió tranquila con mucho trabajo y cuando llegó el lunes, decidí desconectar.
Así que le dije a Alba que me tomaba el día libre y al séptimo día, bueno creo que no era el séptimo, por fin, descansé.

Continuará ...



martes, 18 de julio de 2017

HISTORIAS E HSTERIAS: CAPITULO V

CAPITULO V: 
MATAME DESPACITO, QUE DA MAS GUSTITO.

Esa noche no soñé, tuve pesadillas. La típica esa que corres y corres, y el camino se te hace largo y largo y, cuando llegas al final caes por un precipio que no tiene fin.
El problema es que al final del precipicio estaba mi querido Pocajuntas encabezando algo que parecía como una típica procesión de pueblo, ''typical spanish'', y además, portando una cruz. En sueños pensé que demasiadas cruces llevaba ese señor a cuestas como para encima cargar con esa que parecía de plata y pesar, pesaba. Dios mío lo que tienen que hacer algunos para purgar sus penas y... sus penes.

Así que me acordé de esa gran película en la que Susan Sarandon implora a su hijo que yace en la cama postrado por una grave enfermedad, que ordene a su cerebro, que ordene a su brazo, que ordene a su mano, que ordene a sus dedos que se muevan. Y al final se movieron.
Pues yo ordené a mi cerebro que ordenara a mi cuerpo que se levantara de la cama; pero como el cansancio acuciaba, y tenía a Pocajuntas encima con la cruz y pesaba un huevo y parte del otro, como que me quede cinco minutitos más; disfrutando del espectaculo.
El día se presentaba movidito porque estabamos a 24 horas de la inaguración de eso que ya era mi negocio. Sólo quedaban retocar algunos pequeños detalles, creo que no faltaba nada y a mi entender había quedado bonito, vamos en el argot de mi sobrina, lo calificaría como ''muy cuqui''.
Toda la publicidad que había hecho por internet estaba dando sus frutos y la prueba evidente es que el hotel lo tenía lleno. La verdad que de la cafetería no esperaba mucho y era consciente. Fui consciente de que en ese pueblo ya había un bar que dependía del Ayuntamiento para esos 15 habitantes; pero si encima de eso, uno de los bandos no iba a pisar mi casa por las rencillas con mi propietario, pues lo de la cafetería siempre quedó como una anécdota dentro de las ''Crónicas de un pueblo''. Tampoco me quitaba el sueño, aunque otro con Pocajuntas encima no lo aguantaría.
Sonó la puerta de la cafetería y yo me encontraba en la barra haciéndome un café. En la puerta ví a una señora que evidentemente desentonaba con lo que normalmente había visto en el lugar, porque la señora iba bien arreglada y, encima maquillada. El día anterior ví a la mujer del ingeniero agrónomo y ex-alcalde con unas botas de algo que parecía piel de conejo que daban ''perlesía''. Eso sí, ella se veía monísima con su chandal, sus tacones y los calcetines de perlé; eso que se dice ''arreglá pero informal''. Abrí la puerta con sorpresa y ella misma se presentó enseguida, y claro, yo no reprimí mis hábitos de darle dos besos. Petra se llamaba, y vino a explicarme que todas las semanas venía al pueblo un Bibliobus y que, a lo mejor me era útil para el tema de coger libros y películas para la gente de mi hotel.
Sinceramente me alegro la mañana porque a parte de Alba, Petra confirmó que hay vida después de la muerte y que, por lo menos, había dos personas normales en ese pueblo de dos bandos.
Naturalmente la invité a la inaguración y ella muy gustosa me dijo que acudiría con su marido.
Le pegué un buen sorbo a mi descafeinado de máquina con leche fria y me llené de optimismo.
Todo se truncó de repente al oir un grito de Alba que andaba de limpieza por las habitaciones de arriba. Más que un grito fue un aullido, así que pensé que lo mismo Alba no era Alba, y que lo mismo ese pueblo, a parte de las dimensiones descomunales de sus insectos, incluía sorpresas tales como ''mujeres lobas'' y ''hombres lobos'', en definitiva, licántropos y licántropas. Subí por las escaleras todo concienciado en encontrarme una Alba toda peluda, a cuatro patas y con unas fauces abiertas diciendóme eso de ''para comerte mejor''. Por si acaso, mientras subía las escaleras todo acelerado me santigué y todo, y cuando llegué a esa habitación y abrí la puerta, Dios mío.........
Alba seguía siendo Alba, agradecí a todas las almas benditas del Purgatorio que fuera humana, pero eso sí, estaba de pie delante de la ventana señalando con el dedo así en postura, estatua de Cristobal Colón. Lo que pasa que su dedo no apuntaba a las Américas apuntaba al pollete de la ventana.
Por si acaso se trataba de alguna abeja Maya, me había provisto de mi bote de insecticida y me fui acercando sigiloso como en los documentales de Felix Rodríguez de la Fuente cuando los buitres leonados desplegaban sus alas.
Al llegar a la ventana..... nada, nada de abejas Mayas, pero la visión era dantesca, porque lo que Alba se encontró en el pollete de la ventana y provocó su aullido era ... un condón.
Lo primero que le dije es que mío no era, vamos yo cuando los uso los tiro a la basura y bien envueltos en papel higiénico. Alba, entonces, transformó su aullido en una espectacular carcajada y entre risa y risa, me confesó que había intentado quitarlo pero que el condón estaba literalemente pegado al pollete de la ventana. Por lo tanto, ese condón llevaba ahí meses, que digo meses, cuando acerqué mi cabeza para observarlo, ese condón llevaba ahí años.
Así que comenzamos la ''Operación retirada del condón''. Me puse unos guantes de latex y en mi mano derecha iba provisto de una botella de amoníaco. Tire un buen chorro del líquido, y con la otra mano lo agarré de la puntita y estiré.
Volví a estirar y chorro de amoníaco porque el condón se había mimetizado en el pollete y, vamos que ya formaba parte de la decoración del mismo.
Hasta cuatro chorros utilicé para al final, despegar el condón. Y allí tenía en la mano un condón usado, probablemente proveniente del siglo XX. Lo primero que pensé fue llevarlo al Instituto Forense para ver si con el ADN identificábamos al pedazo de guarro que se dejó eso ahí. Pero para no remover temas, procedí al traslado del objeto a la basura y olvidar. Aunque también se me pasó por la cabeza meterlo en una cajita de metacrilato y venderlo como si se tratara del cuerpo incorrupto de algún santo varón
Pero sonó el timbre de entrada de la puerta del Hotel, así que me apresuré a deshacerme de la prueba del delito. Era un mensajero con un paquete, en esos día previos a la inaguración fueron muchos los mensajeros que visitaron mi casa. De hecho, creo que desde que pisé ese pueblo, Amazón conmigo incrementó sus ventas en la zona.
En este caso, y después de muchas reclamaciones, por fin llegaba el routter para que el internet en vez de ir a la velocodad de los caracoles, fuera, al menos, a la velocidad de las tortugas.
No soy ducho ni en temas de electricidad, ni en temas de bricolaje y reconozco que no me sirvió para nada cargarme todos los sábados por la mañana el programa ese de Bricomanía en la que ese señor barbudo te hacía un armario ropero con sus propias manitas.
Al menos el routter venía con instruccciones y se veía harto fácil, conectar cable A a la clavija B y el enchufe C meterlo en la toma electrónica.
Me dispuse a encontrar el cable A que se supone que debía estar debajo del mostrador de recepción y la verdad que encontré también un cable B, y un C, y un D... vamos que hasta que conté doce cables y de todos los colores. El cable que supuse A estaba conectado a algo que parecía otro routter con tres antenas que parecían los cuernos de un alce. Ante tanta aglomeración de cables, interruptores, clavijas y demás abalorios sitos allí, decidí ir a lo positivo y utilizar el comodín de la llamada.
La verdad que el chico que me atendió por el teléfono fue muy claro y conciso obligándome a retirar todo el claverio que había y tirarlo a la basura. Eso sí, quedó un cable que atravesaba la pared y llevaba rumbo al cuerto de calderas. Me picó la curiosidad y lo seguí a través del cuarto de calderas... y llevaba a la cocina. Lo seguí por la cocina y !oh prodigio! el cable salía al exterior del jardín y se adentraba en el cuarto de los trastos. Y allí en el cuarto de los trastos, el cable salía curiosamente por la pared y, si mi orientación no me fallaba, salía al exterior, por lo que supuse, que yo estaba proveyendo de internet a todo el pueblo. Así que como realmente lo que yo había alquilado eran un Hotel con restaurante y cafetería y no una ONG, corté el dichoso cable. Supongo que en ese momento, en el pueblo se produjo un apagón analógico, pero los tiempos cambian y uno no es la Madre Teresa de Calcuta.
Así que entre condones usados y fosilizados, routter con cuernos, cables de colorines y demás; se me pasó el día.
Mañana sería mi gran día y creo que me encontraba suficientemente preparado, hasta para enfrentarme con un embarazo no deseado.

Continuará....





jueves, 6 de julio de 2017

HISTORIAS E HSTERIAS: CAPITULO IV

CAPITULO IV: 
HONRARAS Y PUNTO.

Como tengo un tono de voz un poco elevado, casi rozando el límite de decibelios permitido, no pude evitar que Alba se enterara de todo el lio entre Ingrid. el chulo que vivía con ella, o viceversa, el whatsupp, mi supuesta proposición indecente, los desvarios de un monaguillo y etcétera.

Reconozco que cada vez que hablaba con Yolanda era un sorbo de aliento el que me entraba por los pulmones y, a la vez,  me sorprendió la confianza que tenía con Alba para que escuchara ciertos temas como éste, que más que farragoso era puro teatro de gente que no tiene ocio.
Cuando colgué con Yolanda empecé a contarle a Alba toda la histeria en el affaire Ingrid.
Reconozco que lo primero que dije para dirigirme a su marido fue llamarle ''payaso''; pero enseguida rectifiqué, porque realmente a los que insultaba eran a los payasos, comparándolos con este bicho. Qué culpa tiene Fofo de que en el mundo haya humanos que siendo lobos van disfrazados de corderos y aprovechan las procesiones para cargar con una cruz.
Hace mucho que omití de mi vocabulario ciertos apelativos para insultar a las personas, tales como mariquita, maricón, tortillera, subnormal, anormal, gordo, feo, gafotas....
Esos apelativos como hieren, los eliminí de mi léxico. De mi madre aprendí que si quería ser respetado, debía emperzar por respetar al prójimo. 
Pero claro, lo más fácil hubiera sido llamarlo hijo de puta, pero que culpa tienen las madres de haber parido a este tipo de bichos que ni se merecen un documental de La2. 
Lo de hijo de perra, también descartado, porque como yo tuve una perrita y son los únicos seres vivos que cuando llegas a casa, se alegran y encima, te menean el rabo; me niego a insultarlos.
Así que me limité a llamarlo como lo llamaban en su círculo más íntimo.
El marido de Ingrid se apodaba ''El Pocajuntas''. Aclaro que a su círculo y en su momento, pregunté el por qué de Pocajuntas, y no me quedo claro si era por el tamaño de su miembro viril, o porque solo tenia dos neuronas en el cerebro y las tenía muy juntas.
Como me enrollé mucho en la explicación y percibí que Alba se perdía en toda esta histeria le hice un resumen.
Pocajuntas, le pilló el móvil a Ingrid, había leido una consersación entre ella y yo y se había pensado que yo me quería beneficiar a su mujer, amiga, esposa o yo que se; porque, en definitiva, lo único que se sabía de esta triste pareja es que cohabitaban juntos y que tenían hijos. La verdad que me sorprende que haya gente en este mundo que en vez de pillar libros para leer, pillen móviles ajenos y cotilleen conversaciones entre amigos y, reclaco, amigos.
Las caras de Alba cambiaban de lo sorprendido, a lo jocoso, pasando por alguna que otra carcajada porque en defintiva, lo que Pocajuntas leyó es una simple frase, tal como, ''cielo que pases un buen día''.
Pocajuntas tradujo ese ''cielo que pases un buen dia'' como ''te voy a matar a polvos como a las cucarachas'' y, sinitendo su honor mancillado, me bloqueó del whatsupp de su esposa, amiga o amante.
Alba lanzó carcajadas de kilómetro y medio y como su risa me contagiaba, llegamos a ese punto en el que de tanto reirte, se te encajan las mandíbulas y empiezas a llorar.
Como la situación me había calentado y no al nivel de excitación, le describí a Alba quien era Ingrid.
Ingrid era una mujer siempre triste para su edad, y lo subrazo, Ingrid era la mujer de la triste fihura. Con un pelo cano, que no se sabía si era de herencia o de suplicios, y del montón. Ingrid no dejaba de pasar desapercibida por su irritante tono de voz. A Ingrid se la quería y la aceptaba porque era ''amiga de'' y en mi caso, como era amiga de una de mis amigas, pues fue mi amiga. Pero que conste que a mí desde el principio no me resultó ser trigo limpio.
Dejé esto claro a Alba porque por lo visto, Pocajuntas se creía que se había casado con Miss Universo, y para nada, según algunos expertos en las lides amatorias a Ingrid no la tocarían ni con un palo de escoba.
Pero de todas formas, Pocajuntas tampoco era Mister Universo, mediana estatura tirando a bajito, entraditas varias y barriga cervecera, y un deje a la hora de hablar entre señorito de cortijo y vende.mantas. De los sonidos que hacía cuando comía o bebía prefiero no hablar.
Me jodió esto, toda mi puta vida luchando por la igualdad de la mujer y, me encuentro con alguien que decía ser mi amiga, que permite un incompresible malentendido con su marido, que lo aprueba y que, en definitiva, se subyuga al cetro del machito.
Vamos una sumisa en toda regla, y ojo, que lo de la sumisión tiene su morbo, pero cuando se juega en la cama. Quién no ha dado unos cachetitos en el culo mientras hace el acto amatorio, o llama a su pareja con calificativos malsonantes mientras se está de rodillas; pero de eso, a que te controlen, te dominen, te anulen; va un mundo.
Con todo, estos amos que proliferan en el mundo, son unos cobardes y punto. Como no pueden dominarse a si mismos, intentan dominar al débil.
Alba y yo, en un momento, escenificamos un juicio sumarisimo buscando al culpable.
Para Alba, el culpable era Pocajuntas por fisgar en el móvil de su pareja.
Para mí, los culpables eran los dos... por la relación tóxica que mantenían y; por el uno, por hacerlo y la otra por permitirlo.
No me cabía en la cabeza que Pocajuntas conociendo como me conocía se pensara que yo había tenido sueños húmedos con su pareja. Por mucho que analizaba no entendía.
Mi mente que corre más que la velocidad de la luz empezó a recordar situaciones vividas con ellos. 
Aquel día que estando con Pocahontas de vinos, nos dejó diciendo esa frasecita tan manidamente machista de ''bueno me voy a casa y ahora tengo que ver la cara de ésta'' o cuando ella nos contó como en un anterior trabajo alguien también se la quiso beneficiar. 
Vas atando cabos, y te encuentras con alguien que es celoso y con otro alguien, que intenta llamar la atención con situaciones infundadas, con no se que motivo; porque seamos sinceros Ingrid a tí el único que ha tenido el cuajo de llegar a la copulación es Pocajuntas, y lo sabemos porque de eso nacieron niños. Si no, ni no lo creeríamos porque siempre que este par estaban juntos no desprendían buenas relaciones, ni buenas vibraciones.Al revés, todo eran silencios, malas caras y, sobre todo, ausencias, muchas ausencias. 
De todas formas mi conciencia estaba tranquila porque Pocajuntas nunca se enteró por mi boca lo que Ingrid hablaba de él y ella nunca se enteró de lo que Pocajuntas hacía fuera del espacio conyugal, incluidas las visitas a las casas de lucecitas de la feria para jugar al perrito piloto.
Como conforme iba analizando más el tema, me iba calentando e indignando más, Alba decidió cambiar de asunto y me preguntó que cuando ponían el grifo de la cerveza.
Lo del grifo de la cerveza fue harina de otro costal. 
Un añadido más a la serie de zancandillas que me iba a ir encontrando en esta nueva etapa. Lo único claro es que la inaguración no iba a tener grifo de cerveza. Los señores que en exculsiva llevaban la Mahou en este zona, nada menos que me querían cobrar 150 euros por la bombona de CO2, si esa que tienen todos los grifos de cerveza. 
Estuve a punto incluso de simular una insuficiencia respiratoria y acudir a urgencias y que Sanidad me proporcionara una bombona porque era incomprensible ese precio. Claro ellos aducían que era un depósito y que luego me lo devolverían, pero para que les rente en su cuenta corriente que rente en la mía.
Como se suele decir un robo a mano armada pero, yo no estaba en Sierra Morena, estaba en Castilla. Si a esto le unimos que donde dijeron digo dicen Diego y que en la primera factura, ya se habían equivocado al pasar cosas que no correspondían; este proveedor fue la primera cruz que puse dentro de mi lista.
Con ellos entendí el significado de la palabra abuso y me sorprendió que en un país llamado España y en un 2017, todavía existiera monopolios y caciques.
A eso sonó el teléfono, era la Leo. Como sabía cual era el tema a tratar, decidí no cogerlo, pero como a los tres segundos volvió a llamar, agarré el móvil y le espeté un maleducucado buenos días. 
Al rato me disculpé, con ella no debía pagar las muchas histerias ocurridas pero cuando sac a relucir, el tema whatsupp, Pocajuntas, Ingrid, la madre que parió a Ingrid y el perrito que le ladraba, ý me contó las lindezas que Pocajuntas iba diciendo de mí, con una desmedida educación la invité a que colgara.
Yo que nunca me había metido en ningún lío, en ninguna pelea en toda mi vida resulta que un miserable intentaba colgarme la medallita de ''picha loca''.
Alba, esa mujer que en alguna otra vida coincidió conmigo, se me quedo mirando y sin decirle nada, busqué en la agenda del móvil el número de Ginés.
Ginés y yo nos conocimos en el parvulario, y mientras él tiro por las leyes, yo tiré por la economía. Yo le llamaba picapleitos, porque de cualquier cosa sacaba un caso, y de cualquier caso sacaba cosas y pasta.
La verdad que fue una bocanada de recuerdos escuchar como nada más descolgar el teléfono me llamaba ''posadero'', porque ahora me dedicaba al honrado negocio de la hostelería cuando él sabía que siempre había renegado de ella.
Como ví que se acomodó en el tema hostelero, le corté radical y le conté todo el caso....
No dudó y con un grito casi tarzánico, me dijo:
- Demandamos.
Continuará ....